miércoles, 10 de marzo de 2010

"Es de humanos aburrirse..."

Autor: Eve Suárez
Clasificación: General.
Género: Romance.

"Es de humanos aburrirse..."
Capitulo unico.


Un segundo escalofrió le recorrió la espalda erizando su piel hasta en lo mas mínimo, no era amante del frio y odiaba que su nariz se congelara y hasta cierto punto estuviera mas roja que su cara.
Impaciente se movía de un lado a otro queriendo mitigar el frio, desesperado por la tardanza del autobús y molesto porque a pesar de esta demasiado abrigado aun tenía frio. Miro por segunda vez por la avenida, suspiro derrotado al mirar miles de autos menos el autobús que llevaban media hora esperando, miro el cielo y este no daba más que un ambiente triste, grisesco que lo hacían sentir melancólico. Respiraba lentamente, el aire frio lastimaba sus pulmones y el bióxido caliente salía por sí solo, demasiado notable.

Por otra parte, su acompañante yacía sentando en la banca, con las manos entre las piernas, mirando como el chico daba vueltas por todos lados y el simple hecho de mirarlo le causaba escalofríos. Su respiración era caliente, y sus mejillas frías, podía jurar que sus mejillas estaban más congeladas que los hielos de la nevera.
Bendita había sido la hora en la que se le había ocurrido llevarse una bufanda, era blanca, gruesa y acogedora, demasiado tupido en su cuello pero mínimo le ayudaba a resguardarse del viento que azotaba fríamente sobre su rostro. Los mechones de su cabello castaño eran revueltos por el aire, inclusive sentía el cráneo frío cada vez que el cabello se le revolvía, y a diferencia de su acompañante, el amaba ese tipo de clima. Le agradaba llevar chaquetas y quitarse el frio con una buena taza de café caliente o chocolate, dormir bajo gruesos edredones y jugar con el humo caliente que salía de su respiración, simplemente fantástico para alguien que había vivido la mayor parte del tiempo en zonas calurosas.
Tras mirar por quinta vez al chico dar vueltas de un lado para otro, de la banca al borde de la banqueta, y del borde de la banqueta a la banca, en la primera oportunidad que se le presento lo tomo de la mano jalándolo hasta lograr sentarlo a un lado de él. Sonrió triunfante y el otro se resigno a quedarse sentando.

Comenzó a inquietarse apenas pasando un minuto y movía sus pies son inquietud, de arriba abajo apoyando a penas la punta del pie en el suelo.

Un “Brendon” como tono molesto y autoritario fue lo que se gano por parte del castaño cuando este también comenzaba a inquietarse.

Brendon se tranquilizo un poco, distrayéndose con cualquier cosa para olvidar que el frío lo consumía, como lo odiaba. Ryan siempre le decía que el frió era mucho mejor que el calor, a lo que él se negaba a darle la razón, aunque los argumento de Ryan al respecto de cómo quitarse el frio con un grueso suéter, café y edredones no terminaban de convencerlo, y llevando las de perder en cuanto al calor… estaba dispuesto a andar solo en bóxers para que el calor se le disminuyera. Llevar mucha ropa encima no era lo suyo.

Sonrió aliviado al ver el autobús doblar una esquina y acercarse a la parada. Se puso pie para llamar el autobús. Tras notar que Ryan nuevamente estaba ausente, con la mirada perdida hacia el lado contrario, se dirigió hacia él y le pellizco delicadamente una de sus congeladas mejillas obteniendo de su parte un reproche.
Subieron al autobús, eran más de las cinco de la tarde por lo que a esas horas los autobuses comenzaban a ser escasos de pasajeros. Escogieron el lugar que se les apeteció. Ryan cercas de la ventanilla y Brendon a su lado.
Una sonrisa enorme era el dueño del rostro de Brendon. El simple hecho de haberse resguardado del frio había subido su humor más alto de lo normal. El otro chico, con sus distintivos aires de ausencia miraba por la ventanilla, el vidrio estaba empañado por lo que se distrajo escribiendo encima de él.

“One and lonley” fue lo que termino escribiendo irreconocible caligrafía sobre el paño del cristal.

El autobús se puso en marcha. Un viaje de una hora los esperaba.
No podía quejarse, estaba a salvo del indeseable frío.

Pero Brendon no era de las personas que esperaban sentados a llegar a su destino, al cabo de diez minutos sus piernas se volvieron a mover replicando la ausencia de movimiento. Involuntariamente, al igual que sus pulgares que jugaban entre sí haciendo círculos. Siendo eso no suficiente, tarareaba una canción en leves susurros que si acaso, el perfecto sentido auditivo de Ryan sería casi capas de escuchar.

No era amigo de la paciencia. Ni mucho de menos de la inmovilidad.

Exasperado, intento distraerse mirando a través del cristal de la fila de al lado. Tiendas departamentales, automóviles, personas, frío…

¿Qué demonios era el frío? Una fuerza suprema que del solo pensarlo se presentaba y te martirizaba al instante. Porque eso estaba comenzando a pensar.
El siempre hecho de mirar a toda aquella gente afuera, con bufandas y gorros, con el fino vapor de sus respiraciones saliendo de sus bocas, le hacía sentir un escalofrió. Inclusive sentía un malestar en el estomago, una especie de nervio combinado con un calambre.

Tenía dos opciones: Culpar al frio o al café de hace una hora.

Sabía de antemano que tomar café era una de las principales cosas prohibidas desde que tenía seis años, pero ahora tenía veintidós. Era lo suficientemente mayor para poder afrontarse a las consecuencias de la hiperactividad, el pulso acelerado y el malestar en el estomago que le causaba la cafería.

Café. Método fácil para resguardarte del frío, según Ryan.
Café. Método fácil para conseguirte una taquicardia, según Brendon.

Y de todas formas, habían estado a seis grados bajo cero. Lo suficiente para arietarse a tomarse un café, a la próxima se aseguraría de tener chocolate caliente preparado.

Vaya que lo haría, comenzaba a escuchar perfectamente los latidos de su corazón que hacían circular la sangre por todo su cuerpo. Y ese malestar en el estomago le hacía mover su pierna derecha con insistencia.

— ¿Estás bien? —Le escucho decir al castaño que lo miro algo desconcertado.

—Cafeína —Fue lo único que musito.

Suficiente para que el castaño entendiera lo que pasaba.
La cafería le alteraba los nervios, lo sabía a la perfección y a pesar de sus advertencias, él chico hacia caso omiso a sus palabras. Suficientes veces había tenido para que dejara de prevenirle las consecuencias.
Si algo tenía Brendon era terquedad, y quien mejor él para saberlo.

Dos años habían pasado desde que ese hiperactivo y terco ‘cabeza hueca’ había entrado a su vida.
Un completo ‘terrorista’ era como le había calcificado.
¿Y qué otro nombre le podía dar? Brendon perturbaba sus pensamientos, lo sacaba de sus cavilaciones y siempre se las ingeniaba para ser dueño de sus divagaciones.

Sonrió con el simple hecho de recordarlo, una prueba más de que siempre estaba en cualquier cosa que pensara. Su sonrisa de ensancho al ver el puchero que sus labios finamente fruncidos hacían, enojado consigo mismo por no poder calmar la ansiedad que seguramente ahora lo estaba embriagando. Ambos conocían esa temeraria forma de afrontarla, y ambos reconocían que no el lugar adecuado para utilizarla.

Disimuladamente, sin despegar la vista del cristal que le permitía ver más allá de este, tomo la mano derecha de Brendon. Helada, a gran diferencia de la suya que se mantenían cálida.
Amaba ese tacto entre sus manos. La piel suave y nívea de Brendon, difícil de describir, tan fácil de percibir. Su piel era suave, digna de un chico joven que prácticamente se la pasaba día y noche aplastando botones en su consola de videojuegos, tan diferente a la suya, rasposa de tantos intentos memorables de explotar su talento entre partituras y cuerdas.
Rió bajo cuando él moreno comenzó a jugar con sus largos y delgados dedos, ya creía él que Brendon no podía estarse quieto ningún momento, ni siquiera cuando su mano aprisionaba la suya celosamente.

Hasta donde llevaban de plazo en el autobús, este no hacia ninguna parada, y es que a decir verdad en épocas tan frías poca gente tenía la valentía de salir de sus cálidos hogares.
La primera parada después de largo rato fue frente a un reconocido cruce de dos avenidas. Un gran centro comercial de distinguido nombre era el que lo caracterizaba.
Una joven mujer de cabello rizado, ojos azules y la punta de la nariz roja fue la nueva pasajera, pago el conductor del autobús y se sentó en la fila delante de Ryan y Brendon.
El autobús emprendió su marcha nuevamente, pero un par de gritos de protesta y golpes en el lado frontal del autobús fueron lo que lo hicieron parar de nuevo.
Un hombre de edad joven, con el rostro en señal de posible congelamiento, y agitada respiración subió dándole las gracias al conductor, pago su pasaje y recorrió con su mirada todo el autobús. Camino hacia la fila donde la chica y tomo asiento sin dejar de mirarla, a lo que ella negaba a mirarle, con la mirada impresa en el cristal.
A través del espejo que yacía en la parte delantera del autobús, Brendon y Ryan se dieron el atrevimiento de mirar la expresión de la joven. Su seño fruncido, sus labios en un puchero y los ojos finamente entrecerrados, resguardando un par de lágrimas que no podía ser más que de coraje. El chico al lado de ella había tomado una postura para mirarla mejor, sentado de lado frente a ella, sin despegar su mirada del rostro de la mujer. Su rostro era de preocupación, sus ojos denotaban tristeza.

Ambos se sintieron incómodos por la escena, pero incapaces de disimular las miradas.

La chica de cabello rizado se digno al fin de mirar al chico de su costado, unas finas gotitas resbalaban por sus rosadas mejillas, cayendo débilmente. Él parecía a punto de ser vencido de igual forma por el llanto, pero el estereotipo de ‘hombre’ no le permitía mostrar su lado vulnerable.
Ella comenzó a hablarle, reprocharle en todo caso, con voz temblorosa hipando en ocasiones por el incontenible llanto que no pretendía dejarla emitir palabra alguna. Él, escuchando atento, esperando la oportunidad correcta para interrumpirla y poder defenderse de todas aquella acusaciones que a simple vista parecían absurdas. Lo que él no entendía era que a simple vista aquella pequeña herida que podía parecer ridícula a la vista de los demás para ella se volvía una gran cicatriz difícil de lidiar.

La típica poca sensibilidad del hombre. La distinguida vulnerabilidad de la mujer.

No le quedaba de más que escuchar hasta el final de los argumentos de ella. Esperando que aquello diera a demostrar que ante todo era un caballero, aunque ella ahora solo pensara que era un estúpido canalla.
Se le era difícil contenerse de decir todo lo que había estado esperando soltar, importándole poco armar una escena en medio de una autobús con lo que parecían ser patéticas lagrimas de una mujer caprichosa. Estaba cansada de ese hombre que tanto amaba, y él parecía no entenderlo.
Y aunque la situación diera entender lo contrario, él estaba igual de enamorado de ella, que a veces se comportara como idiota era otra cosa. Al final, el amor te hacer idioteces.
Estaba algo apenado, discutiendo con su novia en frente de esos chicos que intentaban ignorar lo que sucedía. No tenía de otra más que ignorar que ellos lo ignoraban.
Cuando ella a fin se hubo callado, besarla fue lo único que se le ocurrió para tranquilizar las cosas.

Error.

Una bofetada inmediata fue lo que se gano.

Ahora sí, imposible se les hizo no dirigirles la mirada a la pareja frente a ellos. Asombrados y a la vez algo asustados de lo fuerte que sonó el golpe.
Brendon miraba a la mujer con los ojos algo más abiertos de lo normal, pensando en la fuerza aplicada en el golpe, y deseando nunca ganarse una bofetada de esa magnitud.
En cambio, Ryan pensaba en que tan insistente e idiota podía ser ese sujeto para seguir pensando en su siguiente movimiento, aquella bofetada y argumentos eran el inicio de la derrota.

Ryan rió por lo bajo, ganándose la mirada de Brendon y una mirada de reojo del chico abofeteado. Había recordado la vez en el que el mismo había golpeado a Brendon por una situación similar, solo que a comparación de esa mujer, el parecía tener la mano más ligera.

Un mal día, irritabilidad e impertinencia de Brendon le habían llevado a un grado se estrés en el cual golpeo lo primero que su puño alcanzo. La mejilla de Brendon en todo caso.
Un hematoma de cinco días fue lo que se gano Brendon por su acto. Desde entonces, insistir y molestarle cuando su humor esta más allá de lo tolerable era una de las principales cosas que evitaba.

Sus divagaciones fueron interrumpidas cuando el llanto de la mujer fue más intenso y escandaloso. Hasta el conductor del autobús se dio el lujo de mirar a través el espejo.

La mujer llorando pidió que la dejara en paz. El la miro con sorpresa y fue cuando su imagen de ‘hombre hecho y derecho’ se quebró. Finas y cristalinas lágrimas resbalaron por su tersa piel. Pido explicación de sus palabras, y ella entre sollozos imparables se las concedió:

Cambiarle la forma de pensar, amarlo demasiado, ser siempre parte de su vida, acostumbrarse a su compañía, arruinarle las cosas y dejarla pensar que estaba bien. Llevarla al borde del llanto y creer que se lo merecía, ser un idiota e ingenuo. Amarla y no demostrarlo. Burlas, desesperaciones y peleas, entre más, fueron sus razones.

Ella estaba cansada.

Un sollozo dio el final de las reclamaciones, un par de lágrimas y una una respiración profunda la hizo callar. Él lloraba y Ryan pudo sentir como Brendon sostenía con más fuerza su mano.

La mujer se levanto de su asiento, paso por enfrente de él, quien aun estaba algo pasmado por sus palabras. Un timbre anuncio su partida y el cerrar de las puertas que ya se había ido.
Él enseguida se puso de pie oprimiendo el botón del timbre dirigiéndose a la puerta de la salida.

—Déjala en paz —Dijo Ryan impulsivamente— Al parecer ella se ha cansado de ti.

Brendon le dirigió la mirada con perplejidad. Estaba consciente de que Ryan solía meterse en ciertos asuntos fuera de su importancia, pero estaba algo conmocionado. Sentía una dolorosa opresión en el pecho.

El cerrarse las puerta y ver al chico sentado en la última fila dio a entender que había entendido a la perfección las palabras de ese desconoció castaño.
Quince minutos después, el timbre volvió a sonar. El chico bajo. Quizás iría a buscarla, quizás simplemente había comprendido.

Una opresión en el pecho, unos latidos débiles de un conmocionado corazón y unas divagaciones internas difíciles de lidiar. Nada común viniendo de Brendon Urie.
Inclusive, esta vez fue Ryan quien tuvo que ser el intruso de las cavilaciones ajenas, extrañado le dio un leve codazo para traerlo de vuelta a la realidad, en circunstancias desconocidas era mejor no arriesgarse hasta donde podrían llegar las cavilaciones del moreno, afrontar las posibles consecuencias era algo para lo que no estaba preparado.

Extrañamente el moreno no se quejo al sentir nuevamente la fría aberración del clima que aun los amenazaba. Ninguna replica, ningún comentario.
Caminaron cuatro calles abajo, con paso apresurado. El clima golpeaba más fuerte que hace una hora y amenazaba por congelarlos si no apresuraban su paso.
Un edificio grisesco de no más de nueve pisos lo recibió con las puertas abiertas. Ryan le dio las buenas tardes a Tom, el portero, y se encaminaron al elevador en silencio.

Cuando la calidez de un departamento de cinco habitaciones les dio la bienvenida se sintieron mas aliviados. Ryan se despojo de la bufanda y Brendon se apresuro a quitarse toda aquella ropa que le resultara incomoda. Dejo las llave en la mesita al lado del perchero de la entrada y dio un suspiro demasiado profundo, de los que solo solía a dar en ocasiones especiales y poco frecuentes.
Ryan lo miro extrañado, le desconcertaba que no hubiera dicho una sola palabra desde el elevador, inclusive cuando bajaron del autobús no se quejo del frió y ahora se tomaba la libertad de suspirar sin emitir una queja o malestar. Lo miro de reojo mientras empujaba la puerta de la cocina.
Bien, sabía que debía de tomar cartas en el asunto. Brendon era exageradamente comunicativo cuando la situación no lo ameritaba, pero cuando se trataba de algo que le incomodara era capaz de lidiar con un sufrimiento que podría perforarle el pecho si es que era posible.
Saco una tetera del gabinete, la lleno de agua y la puso al fuego. Aun conservaba la ropa que lo albergaba del frio, sintiendo las mejillas congeladas y la punta de la nariz a punto de pártasele estaba dispuesto a no deshacerse de ella hasta que el chocolate caliente estuviera listo.
Salió de la cocina y miro a Brendon sentado en el sillón frente a la televisión, el simple hecho de mirarlo con un solo suéter de color guindo hizo que se le erizara la piel.

¿Quién era el que odiaba el frio y se atrevía a no resguardarse de él?

Tomo asiento a su lado dejando caer todo el peso de su cuerpo de lleno contra el sillón. Sacudiendo ligeramente al moreno a ausencia de peso. Lo miro mientras que el no despegaba la mirada de la televisión. Algún programa aburrido que la televisión local solía transmitir por las noches y que Brendon odiaba.

—Preparare chocolate caliente —Exclamo Ryan en un fallido intento de iniciar una conversación.

Fallido fue porque un simple “ajá” fue lo que logro sacar de la boca del moreno. Soltó un suspiro abatido, preguntándose si algo había hecho algo para ganarse un distanciamiento de Brendon. Pensó. Inclusive intento concentrarse cerrando los ojos y recorriendo cada instante hasta donde recordaba. Nada que lo molestara pudo haber dicho.

Un fuerte ruido similar a un silbido anuncio el agua hirviendo. Se apresuro a callarlo. Apago la estufa y metió un par de tabletas de chocolate en el agua hirviendo, meneando con una cuchara hasta asegurarse de que estuviera completamente disuelto.
Sirvió dos tazas. Una enorme taza azul para Brendon y otra de menor tamaño color café para él.
Coloco la de Brendon sobre la mesita de vidrio frente al sillón y tomo de la suya en pequeños sorbos evitando así quemarse. Miro la televisión mientras soplaba sobre su taza. Sin duda, eran aquellos típicos programas que tanto odiaba Brendon.
Apago la televisión sin pleno aviso, sin ganarse reproches del moreno.

— ¿Qué sucede? —Mustio al fin la pregunta necesaria.

Brendon lo miro durante una fracción de segundos antes de que sus labios fueran en busca de la conquista de los ajenos. Tomando por sorpresa al castaño que sostenía su taza con fuerza para no derramar nada. Evitando no perder el ritmo de su respiración y evitando a toda costa no ser dominado complétame por esos labios que planeaban domino total.

Cuando el primer suéter cayó al suelo comprendió que ahora la única forma de resguardarse del frió seria calor humano, ese calor que solo Brendon sabía cuando y como proporcionar.

Un suéter en la sala, un zapato en el camino hacia las escaleras, dos suertes y dos camisas en las escaleras, toda la demás ropa haciendo camino hacia una habitación iluminada débilmente por una simple lámpara sobre la mesita de descanso al lado de la cama.

Brendon intentaba llevar el ritmo de su respiración regularmente mientras que evitaba a toda costa despegar sus labios de los de Ryan. Despojándolo de las ultimas prendas que cubrían así su delgado cuerpo, exponiéndolo al frio que estaba dispuesto a opacar, besando con delicadeza sus mejillas, parpados y frente. Cubriendo con caricias su pecho, resbalando sus yemas por su abdomen y jugando con su dedo incide en el contorno de su ombligo. Haciendo estremecer entre cada caricia y escuchando como unos débiles gemidos se escapaban de su boca con naturalidad.
Ryan sentía que el corazón podía perforarle el pecho en cualquier instante. Brendon estaba siendo demasiado delicado entre cada toque, extrañándolo ante la común desesperación y pasión que solía desprender.
Tomo su rostro que ahora estaba escondido en su cuello ocupando besándolo, dejándole marcas que al día siguiente serian rojizas y notorias, dejando el legado de conquista y pequeña humedad. Lo inicito a seguir, puesto que sentía la necesidad de sentirlo cercas, con aquel mariposeo en el estomago que desde siempre le había provocado, incapaz de pedirle que se detuviera mientras recorría con sus yemas su abdomen, donde su piel se erizaba, ya no de frió sino de ansiedad de sentirlo uno mismo con él.
Abatido de no hacer nada con sus manos, recorrió con sus yemas la espalda fría de Brendon, mientras que depositaba cálidos besos en su hombro, siendo esta el único en su alcance.
Brendon se debuto de pronto. Tomo entre ambas manos el rostro de Ryan y lo miro a los ojos durante unos segundos que pretendían ser eternos.

— ¿Te importa si no lo hacemos? —Mustio con voz apagada. Ryan lo miro perplejo sin entender del todo— Ahora solo quiero tocarte.

El corazón de Ryan dio un vuelco.
Brendon acerco su rostro e intento marcar una sonrisa antes de besarle. Aprisionando sus labios sobre los del castaño, sometiéndolos al movimiento sin llegar más allá de los labios, sin irrumpir su deliciosa boca. Besándolo como si pareciera que jamás lo había hecho. Sin apuros, sin percances, solo ambas bocas saboreando el contorno de unos finos y carnosos labios que simplemente deseaban más.
La lengua de Ryan intentaba buscar la de Brendon, pero antes de que pudiera lograrlo su boca se abrió camino a su cuello, bajando hacia sus hombros, guiándose por el abdomen y parando en seco antes de llegar a su entrepierna.
Acaricio sus muslos al mismo tiempo en el que los saboreaba con su boca, recorriendo de regreso el mismo camino dejando pequeños moriscos, evitando a toda cosa ir mas allá del sexo del castaño, el que solo transpiraba de ansiedad. Estaba excitado, si Brendon intentaba utilizar el sexo tártrico era algo que su ansiedad no estaba dispuesto a soportar.

Se entretuvo una mayor parte del tiempo en el abdomen, mordiendo, besando y saboreando esa parte del cuerpo que simplemente se había convertido su favorita, rosando con sus delgados dedos los muslos y trasero del castaño. Ryan transpiraba con mayor facilidad sintiendo débiles convulsiones en su estomago de excitación, su entrepierna reclamaba atención.

—Brendon…

Entre débiles jadeos intentaba hacer llegar sus llamados que solo se unían a un solo fin. Una parte de su cuerpo necesitaba atención, la única que estaba libre de caricias y besos.

—…Brendon…

El llamado era suplicante, y parecía ser inútil. Brendon besaba su pecho y sus hombros.

—…Brendon…

Estaba a punto de gritar por atención cuando los labios de Brendon aprisionaron los suyos, lentamente, con un beso cálido que no podía ser más allá de tierno. Brendon no salía besarle de esa manera, y ahora estaba consciente de que los besos tiernos y sensibles podían ser increíbles.

—Te amo.

Escucho decirle cuando sus labios se separaron de los suyos. Lo miro con determinación, un vuelco de dolor dio su corazón cuando noto lo ausente de su mirada, cristalina, asustada, temerosa. Esa no era la mirada de Brendon.
Se incorporo recargando su espalda en el respaldo de la cama, mirándolo de frente sin despegar su mirada. Brendon se acero hasta él y lo beso nuevamente.

—Te amo —Volvió a repetir con voz apagada. Lo tomo del rostro con amabas manos, escondiendo las yemas de sus dedos detrás de sus orejas, clavando sus ojos aquellos color marrón claro que lo miraban pasmado— Te amo tanto que sería imposible dejarte. Y te amo tanto que seguiré amándote aun cuando te canses de mí. Te seguiré amando aun cuando me grites que me aleje, que me odias o que nunca me amaste. Te amare a pesar de que me pidas que no te busque o que salga de tu vida completamente, y te amaría aun si no nos hubiéramos conocido. Y si eso fuera cierto, hallaría la manera de conocerte, y si quisieras escapar, quizás te encerraría para tenerte solo a mi lado y hacer que me ames. Yo solo te amo Ryan —Mustio despacio escondiendo su rostro en su pecho—… siento ser tan egoísta.

Ryan lo recibió en sus brazos, desconcertado. Con el corazón latiendo irregularmente, incapaz de resumir todas aquella palabras, con miedo e intriga. Entonces, recordó el momento exacto en el que Brendon sostuvo su mano con mucho más fuerza después de que aquella mujer en el camión lanzara miles de reproches.

Sonrió.

Brendon era un idiota.

Intento responder a sus argumentos pero un simple gemido salió de su boca cuando Brendon le dio la atención requería a aquella parte de su cuerpo. Sintiendo como el aliento y la húmeda boca le otorgaba el placer, sin llegar más lejos de su ‘solo quiero tocarte’. Y de alguna forma u otra se las arreglo para hacerlo gemir el resto de la noche.



Recupero el natural calor interno de su cuerpo a la primera hora de la mañana del día siguiente. Su cuerpo desnudo debajo de las delgadas sabanas pudo sentir el frío de la habitación, sin cuerpo al cual aferrarse, sin cobijas o edredones de donde resguardarse.
Abrió los ojos mirando una habitación completamente iluminada por unos perfectos rayos de sol entrando por la ventana a un costado. Un día frío pero soleado.
Busco ropa en closet y se puso lo primero que encontró. Noto que aun trayendo ropa limpia encima podía percibir claramente la escancia de Brendon por todo su cuerpo.
Recordó la noche anterior, recordó las palabras de Brendon, las caricias e inclusive sus propios gemidos. Sonrió débilmente y salió de la habitación.

Brendon reconocía que aquella situación en un simple autobús eran situaciones reales, Ryan lo había comprendido cuando escucho sus declaraciones. Por alguna extraña razón comprendió que las personas suelen tener un límite de tolerancia, ilimitado amor y facilidad de aburrimiento. Y Ryan Ross, él mismo, era todos aquellos términos personificados.

El canta-autor Ryan Ross quien trabajaba en un bar club por las tardes tenía un tolerabilidad escasa, amaba hasta que le doliera y se aburría de las personas con facilidad.
Brendon, el empleado de una tienda de discos, era poseedor del primer puesto en irritabilidad hacia Ryan, era consciente de ser el intruso en la concentración del otro pero jamás había notado que era su inspiración interminable.

Brendon desconocía muchas cosas. Brendon no siempre escuchaba lo que le decían. Brendon era la persona a la que amaba. Brendon jamás podría cansarle. Brendon se había vuelto su todo.

Entro a la cocina. Brendon desayunaba cereal con leche en la barra mientras ojeaba una revista. Ryan tomo asiento al lado de él y le quito algo de cereal.

— ¿Sabes? —Musito pretendiendo ganar su atención. Así fue— Es de humanos aburrirse de las personas, inclusive fastidiarse de ellas con facilidad —Sonrió—… y creo que soy una persona que suele hacerlo muy seguido, pero te amo. Eso me basta para sobrevivir a esa cruel tortura.

Brendon sonrió algo apenado, sintiéndose algo infantil por su actitud anterior, pero su brillo peculiar regreso a sus ojos, suficiente para hacerlo sonreír y deposito sus labios sobre los suyos en un ligero rose tierno, cálido. Lleno de amor.

—Iré a tomar un baño —Dijo Brendon sin despegar sus labios de los del moreno.

Ryan asintió embolsando una sonrisa. Tomo algo más del cereal de Brendon y antes de que este saliera musito:

—Brendon… si algún día me llego aburrir de ti, espero que no seas lo suficientemente idiota para dejarme bajar del autobús —Sonrió— Se egoísta. Si mantenerme a tu lado es el motivo, hazlo.

Brendon sonrió alegre. Listo para un día de trabajo, inclusive para afrontar al detestable frío.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola amo este ryden y siempre regreso a leerlo cuando me siento algo triste..nose porqe nunca comente pero me encantaria hacerle saber a la autora qe este es un estupendo fic :) lo adoro gracias por esta escritura lamento haber comentado tan tarde <3

atte sunny boyd urie